Resumen

El presente trabajo explora algunas dimensiones del erotismo y la pornografía desde la perspectiva de la filosofía y la antropología. Desde ahí el autor señala algunos elementos de importancia para abordar el fenómeno y sus implicancias para la sociedad.

Introducción

Son seis los pasajes por los cuales hemos de transitar para echar una breve ojeada a la pornografía. En primer lugar, analizaremos la desnudez considerada como sagrada y la desnudez considerada como profana. Después, a sabiendas de que no existe un límite preciso entre pornografía y erotismo, veremos cómo a través de la seducción, se puede emprende un viaje de lo erótico a lo pornográfico. Posteriormente estableceremos algunos puntos para entender cómo la pornografía y el asco se encuentran relacionados y permiten establecer una geografía erótica del cuerpo. En el siguiente punto nos encargaremos de mirar la forma en que el género y la pornografía también se encuentran relacionados. En el quinto punto tendremos la oportunidad de reflexionar sobre la asociación existente entre la pornografía y las malas costumbres y como punto final, echaremos una pequeña mirada a la moda contemporánea para ver cómo se ha vuelto pornográfica.

De la desnudez sagrada a la desnudez pornográfica

La pornografía, en su definición más amplia, refiere a la representación de actos sexuales en imágenes. Esta definición es la más conocida por casi todos, pero no debemos olvidar que la pornografía puede adoptar otras formas de presentación como las textuales. La pornografía está asociada a la desnudez, a la sexualidad y a su representación. Sin embargo las formas de representar la desnudez y la sexualidad varían de una cultura a otra y aunque puedan existir parecidos entre algunas parece no existir un común denominador que nos permita definir la pornografía de manera universal. Lo que se considera pornográfico en una cultura, puede no serlo en otra. En la escultura hindú, los hombres y, sobre todo, las mujeres suelen ir escasos de ropa mientras que en la vida real las personas se visten con abundante ropa de algodón para cubrir sus cuerpos y extremidades, lo cual nos hace pensar que la desnudez, en esa cultura, se puede considerar sagrada (Goody, 1997:224). Esto puede deberse al hecho de que la religión y la pornografía son dos elementos que no se llevan bien. Son dos elementos que deben separarse para mantener intacto no sólo lo sagrado sino sus representaciones. Renunciar al sexo es un requerimiento para muchos sacerdotes y monjes que pretenden hacer vida religiosa. En algún momento de la historia, la castidad fue un requisito generalizado en casi todas las civilizaciones, que se les solicitaba mayoritariamente a las mujeres, para contraer matrimonio. La castidad ha sido asociada, en diversos sistemas de pensamiento religioso, a la pureza no sólo del cuerpo sino del espíritu. Aunque la castidad no siga teniendo el mismo valor que tenía hace algunos años, sí podemos afirmar que la castidad es lo opuesto a la pornografía. En África, las representaciones de los cuerpos desnudos, aunque son abundantes, muy pocas veces hacen referencia a la sexualidad: como si la desnudez fuera asexual (Op. Cit. 233). Esta es una forma de alejar la desnudez sagrada de la desnudez pornográfica, eliminando los contenidos sexuales de sus representaciones. La desnudez de Adán y Eva, antes de ser expulsados del Edén, puede ser entendida como un símbolo de pureza. El cuerpo de Cristo se representa semidesnudo, pero tiene la cualidad de ser casto y por lo tanto sus representaciones están desprovistas de contenido sexual. Distan mucho de ser consideradas pornográficas porque pertenecen al orden de la desnudez sagrada. La desnudez pornográfica es totalmente opuesta a lo sagrado: el cuerpo desnudo, representado sin ningún toque de divinidad, es pornográfico porque se trata de un cuerpo desprovisto de inocencia. Mientras la desnudez sagrada conecta con lo divino, la desnudez pornográfica conecta con lo profano. La desnudez pornográfica es la faceta impura de lo sagrado. Aquello que debe ser puesto fuera de los límites de lo sagrado puro. El Bautizo es una forma de limpiar el “pecado original”, la mancha asociada a lo sexual que todos los cristianos llevamos al nacer.

Pornografía y erotismo

La desnudez sin contenido erótico puede ser considerada como símbolo de inferioridad o animalidad porque si el erotismo es la actividad sexual del hombre, es en la medida en que esta difiere de la de los animales aunque sabemos que la actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica (Bataille, 1957:46). La pornografía y el erotismo, se dice, son diferentes por las características simbólicas que hallamos en su representación ya sea iconográfica, escrita o hablada. Aunque es difícil trazar una línea precisa que nos permita diferenciarlos. Se dice que el erotismo conduce al amor sensual, mientras que la pornografía sólo conduce a la provocación y al escándalo, a lo obsceno. Concebir de esta manera la división entre erotismo y pornografía es demasiado burdo porque el carácter pornográfico de las imágenes o de los objetos dependería de ellos mismos sin importar elementos fundamentales como el contexto, la cultura o el observador. Así como no podemos entender el significado de una palabra fuera de su contexto tampoco podemos entender el contenido de una imagen sin todos los elementos que le rodean. Decir de algo que es pornográfico es una forma de denigrarlo (Olcina, 1997:13), porque la pornografía se ha construido como algo despreciable a diferencia de lo erótico que goza de otros privilegios. En el cine pornográfico “hay sexo”, pero también lo hay en las que no son pornográficas, y en las que sí lo son, no sólo hay sexo, ya que los personajes conversan, comen, viajan y hacen otras cosas diversas, con lo cual decir que en el cine pornográfico hay sexo viene a ser tan aclaratorio como decir que en el western hay balazos (Op. Cit. 11). Y debemos agregar que en todo caso en la pornografía hay erotismo como en el erotismo hay pornografía. Tomemos el caso de la seducción. La seducción es un juego erótico plagado de símbolos. No basta con entender las reglas para poder jugarlo. Hay que aprender a mirar, a sonreír, a ocultar y mostrar a la vez, pero sin ser demasiado evidentes para que el juego no termine abruptamente. Una especie de pasión une a los jugadores con la regla que los une, y sin la que no habría juego posible (Baudrillard, 2000:125). La producción de símbolos sexuales en el juego de la seducción sirve a los fines de su propio desenlace. La coquetería, ese fiel sirviente de la seducción, se esfuma en el momento en que la seducción se ha consumado en el acto sexual. No se puede ser coqueto en el momento del sexo. Se puede ser pornográfico, pero no coqueto. Para ir del erotismo a la pornografía se requiere de la seducción. El pasaje del enamoramiento al amor se da a través de una serie de pruebas (Alberoni, 1979:91). El sexo, es una de tantas pruebas que afianza la relación afectiva entre las personas. La fidelidad se reivindica en la exclusividad sexual. Es una suerte de gratificación o un símbolo de la reciprocidad entre dos personas. La profunda atracción libera el deseo (Op. Cit. 46), el erotismo conduce a la pornografía.

La pornografía y el asco

Cualquiera que tenga hijos sabe que cuesta mucho trabajo de socialización inculcarles el asco que nos impide volver a incorporar oralmente distintos tipos de secreciones (Miller, 1997:146) y cualquier persona sabe que la pornografía está asociada a lo asqueroso, lo sucio y lo vulgar. Para mirar pornografía hay que superar el asco que nos separa de ella. Hay que encontrar un gusto por aquello que ha sido sancionado por la moral y los órdenes restrictivos. Sin embargo, en mayor o menor medida, todos somos consumidores y productores de pornografía. Somos consumidores circunstanciales, muchas veces sin saberlo, de pornografía por la exposición continua a las imágenes que no sólo hallamos en los medios de comunicación sino también en la vida cotidiana. Somos consumidores intencionales de pornografía porque, en ocasiones, nuestra mirada se deja atrapar por aquello que nos parece impúdico. Exhibicionismo y voyeurismo son dos elementos distintivos de nuestra época en una cultura de masas mercantilizada donde se ha liberado el culto a la anatomía humana (Gubern, 2000: 173). Mirar y ser mirado son dos rasgos distintivos que forman parte de nuestra vida cotidiana. En nuestra sociedad mirona los sujetos públicos se ofrecen como sujetos de deseo y objetos de espectáculo a la mirada colectiva (Op. Cit. 175). En la vida cotidiana se despliega un conjunto de imágenes que conforman el espectáculo de millones de cuerpos agitándose de un lado para otro. Cuerpos investidos de sensualidad que, haciendo gala de su prestigio erótico, son atrapados por la mirada colectiva. Así como somos consumidores circunstanciales o intencionales de pornografía, también somos productores de la misma. Somos productores de pornografía en la medida de que voluntaria o involuntariamente, de día o de noche, fantaseamos sexualmente. El sexo, o la pornografía, no están tanto entre las piernas como dentro de la cabeza (Op. Cit. 183). Los sueños, son receptáculos de nuestros deseos más ocultos, en ellos se realiza lo irrealizable. Cualquiera que haya tenido un sueño con alto contenido sexual sabe que se puede llegar al orgasmo sin que los genitales requieran de estimulación. Sin embargo, ahí hay una connotación negativa de lo pornográfico también. A dichos sueños se les llama eróticos y no pornográficos porque quizá tiene un valor estético de mayor prestigio a nivel social, lo cual no erradica su contenido pornográfico. Es decir, es más bonito soñar eróticamente que de una manera pornográfica. Hasta para nombrar los sueños, el prejuicio social hacia la pornografía funciona. Un sueño pornográfico está libre de censura, a diferencia de las prácticas sexuales que se ejercen en la vida cotidiana. En los sueños la barrera del asco pornográfico parece ser más endeble que en la vigilia. Incluso en el sueño uno está libre del contagio de las enfermedades de transmisión sexual.

Pornografía femenina, pornografía masculina

Habíamos visto ya que el mundo social construye el cuerpo como realidad sexuada y como depositario de principios de visión y de división sexuantes (Bourdieu, 1998:22). Pero también podemos ver que la pornografía marca diferencias entre los sexos. La pornografía masculina es diferente de la femenina. Los contenidos en una y otra varían cualitativamente. A lo largo de la historia, la pornografía era consumida más por hombres que por mujeres, por lo que el mercado pornográfico estaba más o menos restringido y delimitado. Con la flexibilización de las normas sociales y las restricciones morales, tanto la población homosexual como la población femenina se fueron convirtiendo en un mercado de consumo bastante rentable para la industria pornográfica de tal manera que la pornografía amplió sus horizontes. A finales de los sesentas y principios de los setentas bajo la clasificación X empezaron a difundirse en circuitos específicos películas de pornografía dura o hard, como Garganta Profunda, Tras la puerta verde y The Devil in Miss Jones (Gubern, 2000: 178). La década del 70 marcó una huella imborrable para la pornografía pues abrió un nuevo mercado en la industria cinematográfica. Latex, cinta de Michael Ninn, cuyo libreto escribió Antonio Passolini, a pesar de no ser una película tan relevante como Garganta Profunda en la industria del cine pornográfico, es interesante porque la pareja de Malcom, el protagonista, puede “mirar” las fantasías de los demás con solo tocarlos por lo que entra en conflicto y llega a llorar dándole un toque de dramatismo a la película. La cinta mezcla pornografía y amor o pornografía y sentimientos, que es como mezclar agua y aceite. En la década de los 80’s, Taboo marcó otro punto interesante para el cine pornográfico ya que abordó el tema del incesto. Siendo la primera cinta de la industria del cine norteamericano que presentó una escena en donde una madre, abandonada por su esposo, y su propio hijo tenían relaciones sexuales. Claro que la escena, con todos sus aditamentos, resultó bastante escandalosa hace 20 años, pero lo cierto es que la industria de la pornografía recurre constantemente a estas fórmulas para tener éxito entre sus públicos. La pornografía posee su propia espectacularidad para volverse atractiva, necesita renovar constantemente sus fórmulas para atraer la mirada y el reconocimiento de sus públicos, así como para no perder las ganancias, nada despreciables, que la industria genera. En el cine pornográfico la focalización visual está centrada reiteradamente en dos centros: los rostros y los genitales (Op. Cit. 181). El semen cayendo en el rostro, la boca o cualquier otra parte del cuerpo de una mujer, menos en la vagina, ayuda al cine pornográfico a adquirir esa espectacularidad que necesita, pero también a marcar diferencias entre lo masculino y lo femenino. El semen, fuera de sus dominios naturales, causa asco y repugnancia porque no busca la fertilización o la reproducción sino el placer. La aparición del semen marca la fugacidad y el final del placer (Miller, 1997:154). Sea por su carácter antinatural o subversivo, la pornografía puede resultar asquerosa para muchos. Como el orgasmo femenino no es estrictamente visible e incluso se puede fingir, entonces el cine pornográfico lo resalta exagerando las expresiones faciales y los gritos de sus actrices. No hay cine pornográfico mudo. Tanto el sexo amoroso como la fornicación generan una burbuja acústica en el momento de su realización, burbuja conformada por jadeos, susurros y murmullos que le dan un toque muy especial y distintivo a la escena. La construcción de la sexualidad como tal (que encuentra su realización en el erotismo) nos ha hecho perder el sentido de la cosmología sexualizada, que hunde sus raíces en una topología sexual del cuerpo socializado, de sus movimientos y de sus desplazamientos inmediatamente afectados por una significación social; el movimiento hacia arriba está asociado, por ejemplo, a lo masculino, por la erección, o la posición superior en el acto sexual (Bourdieu, 1998:19-20). Es decir, lo masculino es arriba y lo femenino es abajo.

Las buenas costumbres contra las malas costumbres

¿En dónde ocurre tradicionalmente el acto sexual? En la cama. Pero la cama sirve también para dormir, leer y ver televisión. La cama es un espacio de socialización donde fluye la intimidad cuando se comparte con alguien. Compartir la cama o el dormitorio con alguien es igual a compartir un trozo de intimidad personal. Es muy diferente dormir con alguien que comer o bailar con esa misma persona. En la intimidad del dormitorio aparecen muchas facetas de nosotros que difícilmente mostramos en público. Se dice que a los verdaderos amigos se les conoce en el dormitorio y en la cárcel porque compartir un dormitorio implica un lazo más fuerte que el mero conocimiento superficial entre dos personas. Lo privado se opone a lo festivo, y hasta llega a designar a lo que se halla retirado, desplazamiento que casi no tendrá dificultad en operarse hacia lo íntimo, lo secreto (Dibie, 1987:52). Para hacer el amor es necesario escapar a la mirada de los demás, se necesita de un refugio. El manto de la noche, la oscuridad, facilitó esta tarea durante mucho tiempo. Hacer el amor de noche y no de día se volvió una práctica más o menos generalizada hasta nuestros días. En otros tiempos, hacer el amor en otro momento que no fuera la noche se consideraba como un libertinaje (Op. Cit. 41). Apagar las luces y cerrar las ventanas, crear un ambiente nocturno en pleno día, para hacer el amor, es una forma simbólica que sirve a los amantes para invocar la oscuridad, el ocultamiento a la mirada de los demás. El intercambio de besos y caricias forma parte del ritual previo al acto sexual. Permite ir franqueando las murallas de la ropa para acceder a la desnudez del otro. Lo pornográfico se encuentra desprovisto de esta ritualización. Se accede a la desnudez del otro a la menor provocación. Mientras el erotismo busca escapar de la mirada pública, la pornografía pretende todo lo contrario, mostrar sin la menor seña de pudor. Si el erotismo necesita del recato, la pornografía requiere de la audacia. El erotismo conduce a la ternura y la paciencia, la pornografía lleva a la prisa y al desenfreno. De ahí su carácter de indecente e inmoral. En las películas pornográficas es difícil encontrar escenas donde los protagonistas establezcan una conversación de sobrecama o enciendan un cigarrillo después de tener relaciones sexuales. Las buenas costumbres y la pornografía no se llevan bien. No obstante, lo que podemos considerar hoy como buenas costumbres, en otros tiempos no era considerado así. Durante la Edad Media, la noche de bodas podía considerarse, hoy en día, como una violación legal ya que la primera noche, el recién casado se abstenía de las consideraciones para hacerle perder la virginidad a su mujer y se conformaba con sodomizarla (Op. Cit. 40). Pongamos unos ejemplos adicionales: los grabados y las pinturas de los maestros antiguos producidos simplemente por el placer del artista o con el objeto de asegurarle algunos ejemplos suplementarios servían generalmente para el uso exclusivo de la clase superior que tenía los medios de apropiárselos, mientras que los pobres generalmente no tenían por pornografía más que las historias chanchas y las canciones picarescas (Arcan, 1991:49). De ser exclusivo el espectáculo pornográfico, paulatinamente se ha ido democratizando. Ha ido de las manos de los poderosos a las manos de los desposeídos. La pornografía se planteó como un problema no cuando estaba en manos de los poderosos sino cuando gracias a las transformaciones tecnológicas se extendió en el pueblo (Op. Cit. 58). Las malas costumbres y la pornografía, hoy en día, se presentan como un par indisociable, pero la mala memoria de todos nosotros nos ha hecho olvidar que en algún tiempo fue de buen gusto.

La moda pornográfica

La ropa, el envoltorio del cuerpo, su segunda piel se ha transformado paulatinamente. Oculta y exalta sus atributos. Es un medio de señalización que define su geografía erótica. Gracias al proceso de encogimiento por el que ha atravesado se ha ido pegando cada vez más al cuerpo. El cuerpo humano, al ser maleable, se ha ido amoldando a los imperativos estéticos de la sociedad en la que se encuentra. En casos extremos, se puede corroborar que llega a alcanzar propiedades inimaginables. Dos niñas, “capturadas” en 1920 en la zona de Midnapur, que habían vivido con lobos, desarrollaron maxilares salientes y prominentes, dientes pegados y de bordes afilados, caninos largos y puntiagudos, ojos que brillaban en la oscuridad, articulaciones de las rodillas y las caderas que no podían abrir ni cerrar, duras callosidades en las palmas de las manos, los codos, las rodillas y las plantas de los pies mientras la lengua les colgaba a través de sus gruesos labios de color bermellón e imitaban el jadeo de los lobos y bostezaban abriendo ampliamente las mandíbulas (Le Breton, 1998:19). La moda tiende, de alguna manera, a la hipersexualización de la apariencia (Ventura, 2000:163). Esta tendencia marcada de la moda ha dado pauta para ir eliminando la diferencia entre lo decente y lo indecente, lo moral y lo inmoral, lo pornográfico y el buen vestir. Hoy en día se permite mostrar ciertas partes del cuerpo como las piernas, la espalda o el ombligo, y exaltar algunas otras como las nalgas o lo senos mientras tiempo atrás eso podía ser considerado como un desacato a las buenas costumbres o incluso pornográfico. La moda y la publicidad han reorganizado no sólo la condición estética de las sociedades sino que se han encargado de difundir modelos de belleza cada vez más inverosímiles e inalcanzables. Los productos de belleza, por ejemplo, son concebidos con miras a lograr una apariencia seductora porque la fealdad se vende mal (Lipovetsky, 1987:185). La moda ha recibido bien cierto tipo de carácter pornográfico en sus diseños y ha fortalecido la actitud exhibicionista, pero también el voyeurismo. Es decir, ha fortalecido los lazos entre lo decente y lo pornográfico. La exhibición del cuerpo puede comprenderse como una forma de autorrealización que es posible gracias al Otro. Uno disfruta o se regodea con su apariencia de manera indirecta, gracias a los comentarios que uno recibe o suscita en los demás. El cuerpo, para ganar una fuerte connotación erótica, se ayuda de la ropa. La corsetería, además de promoverse con fuertes contenidos eróticos (Craik, 1994:133), juega un papel muy interesante en la seducción pues hace aún más deseable el cuerpo del otro. La ropa transforma el cuerpo transformando su apariencia, exaltando el deseo. Los niños, antes de jugar a mirar los genitales de sus compañeritas de salón, juegan a ver su ropa íntima. Lo que hay debajo de las faldas. Debajo de una ropa hay otra. La ropa interior, a diferencia de la ropa exterior, tiene un carácter más íntimo y privado. El primer envoltorio del cuerpo, la ropa exterior, ese que es visible para todos, se muestra sin menor recato. No sucede así con la ropa interior, no importa que sea nueva, existe un énfasis generalizado en ocultarla. A las niñas se les enseña a cerrar las piernas cuando usan falda. Aprendemos a hacer uso de las políticas prohibitivas tanto para mostrar como para mirar nuestro cuerpo y el cuerpo del otro. Pero aún así, la moda de nuestros días, nos ha enseñado a ser más pornográficos que en el pasado.

Bibliografía

Arcan, B. (1991): El jaguar y el oso hormiguero. Antropología de la pornografía, nueva Visión, Buenos Aires.
Alberoni, F. (1979): Amor y enamoramiento, Gedisa.

Bataille, G. (1957): El erotismo, Tusquets, México.

Baudrillard, J. (2000): De la seducción, Cátedra, Madrid.

Bourdieu, P. (1998): La dominación masculina, Barcelona, Anagrama.
Craik, J. (1994): The face of fashion, Routledge, London.

Divehi, P. (1987): Etnología de la alcoba, Gedisa, Barcelona.

Goody, J. (1997):”Representaciones de sexo y su negación” en Representaciones y contradicciones, Paidós, Barcelona.

Gubern, R. (2000): El eros electrónico, Taurus, Madrid

Le Breton, D. (1998): Las pasiones ordinarias, Nueva Visión, Buenos Aires.

Lipovetsky, G. (1987): El imperio de lo efímero, Anagrama, Barcelona.

Miller, I. (1997): Anatomía del asco, Taurus, Madrid.

Olcina, E. (1997): No cruces las piernas. Un ensayo sobre el cine pornográfico, Laertes, Barcelona.

Ventura, L. (2000): La tiranía de la belleza, Plaza y Janés, Barcelona.

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